¡Empate! Sólo había una forma de declarar al único ganador: ronda de improvisación. Fue en la preparatoria. Estaba en el concurso de oratoria. Mi discurso sobre Sor Juana Inés de la Cruz era impecable (todavía lo es), pero estaba él. Un tipo versadísimo en el arte de improvisar. Nos dieron quince minutos para preparar el alegato final. Era demasiado popular y consentida para dejarme a la deriva. Los maestros se me acercaron para asesorarme. Él, en un rincón, pensaba y escribía algunas cosas en un papel, casi puedo jurar que era una servilleta. Llegó mi turno, tenía que abrir. Hablé. Pero tenía demasiadas ideas. Él habló. Declararon al vencedor. Obviamente, fue él.

Improvisar es un arte que no cualquiera maneja. En una presentación, un concurso de declamación u oratoria, la vida cotidiana. Improvisar es el remedio infalible para salir avante ante las adversidades. Sí, tuve que aprender a improvisar (a pesar de mis muchas fijaciones por el orden y el deber ser).

La idea de hoy era ir a la fábrica de cerveza, pero yo tenía hambre, él también. Eso de coger como conejos abre el apetito. Nos pasamos una estación del metrobús. Bajamos y cambiamos el plan. Fuimos a cenar tacos. Los tacos no era buenos, tampoco malos. Sólo eran. Vaya, cumplieron su función: quitarnos el hambre. Platicamos mucho, como siempre. La charla de hoy fue cómo nos conocimos.

Le relaté todo, desde el primer recuerdo que tengo de él. Él me contó cómo me había visto. Fue lindo. No lo puedo negar, no lo puedo ocultar. Soy muy feliz. Él es un claro ejemplo de improvisación. No sólo porque es un maestro en el arte (es capaz de inventar un diálogo completo de la nada), sino porque el mismo hecho de encontrarlo, de tener este mundo tan hermoso y apartado del mundo, ha sido un mero acto de improvisación. Cada día nos inventamos, nos adecuamos a lo que va pasando y ajustamos el guión de acuerdo con el momento.

Caminábamos rumbo a Eje Central para que yo tomara un taxi cuando recibí la llamada de uno de los amores de mi vida: Estoy solo en el Marra. Era un mensaje caído del cielo. Llevaba más de quince días sin verlo y moría por hablar con él. Improvisar. Cambio de planes. Nos encaminamos al Marra. Seguimos hablando de él, de mí, de nosotros. Esa primera persona del plural que tan bien nos va.

El amor de mi vida salió. Nos vimos. Los presenté. Uno sabía del otro, tal vez demasiado. Me despedí de él con un tierno pico. Me quede con el amor de mi vida. Y a charlar, a seguir improvisando la vida. Me contó lo que le había pasado hoy y los días anteriores. Lo felicité emocionada. El futuro es, definitivamente, brillante.

Entramos al Marra. El acuerdo es simple. Si no le gusta el tipo que se le acerca, soy su pareja, si sí, soy su hermana. Fui su pareja primero y su hermana después. A improvisar reacciones, discursos, gestos. Si soy les, buga o bi, si salgo con alguien o no. Todo se va inventando en la marcha, de acuerdo al resto de las personas, a la situación, al lugar.

Vimos a la novia de cierto magnate, sin él, obviamente. Morimos de risa. Y bailamos, bailamos mucho. Yo quería irme temprano. Cuando digo temprano hablo de las 2 o 3 de la mañana. Al fin ligó. Era el momento para mi graciosa huida.

Fui por mis cosas. En el camino me encontré con un buga que se caía de bueno. Tentaleo leve, miradas, sonrisas, guiño guiño. Regresé con mis cosas. De nuevo el biga que se caía de bueno, de nuevo tentaleo leve, miradas, comentarios al oído, guiño guiño. Aproveché que un tipo se nos atravesó y salí casi corriendo del lugar. Sí, coquetear está padre, pero poquito y sin alterar el sagrado acuerdo que tengo con la persona que me hace tan feliz, corrijo: la persona con la que soy tan feliz.

Salí, tomé un taxi. El taxista me hizo la conversación: ¿eres lesbiana? ¿No? Qué bueno, eres muy linda para ser lesbiana (WTF!). Tienes una sonrisa preciosa. Claro que tienes novio, es muy afortunado, dile que es muy afortunado. Se ve que eres muy tierna. Nunca cambies. Uy, no tengo cambio de a quinientos, ¿no completas? ¿Cuánto traes? Sí, con eso está bien. De verdad, dile a tu novio que es muy afortunado. Cuidate mucho y, sin puedo, te cuido yo.

Morí de risa. Él no es mi novio. No existe palabra o categoría que lo defina. Él no es mi novio. Es más, muchísimo más que eso. Es mi pareja. Es una relación completa, loca, intensa, bella. Él es yo, yo soy él. Somos parte uno del otro. No puedo explicarle eso a un taxista, no quiero entrar en detalles así que improviso, me refiero a él como mi novio y río en silencio. ¿Qué diría si lo supiera? Seguro también se reiría.

Uno tiene que adecuarse a las circunstancias. Improvisar.

Llegué a casa. Abro el correo. ¡No lo puedo creer! Ahí está, en la bandeja de entrada, no hay error, no estoy ebria. Él me escribió. ÉL me escribió. El ex que me dejó. El hombre por el que padecí día y noche, bueno, no, miento, como cinco segundos, pero igual padecí. Parece que le llegó mi mensaje vía tw. Un mensaje que no era mensaje, sólo era una broma boba sobre un pantalón que no me regresó por descuido. Hace una semana lo supe, supe que lo había superado por completo.

Y es que cuando pensaba que mi vida sexual estaba acabada, que nunca nadie me haría sentir lo que sentía con él, aparece este ser maravilloso. Y lo supera tanto, lo supera en todo. Ya me da igual si vive, muere o es feliz. No me importa. Yo sí soy feliz, y mucho.

Morí de risa (otra vez). A improvisar: mi pantalón, claro que lo quiero, ahora compro libros (que son “nuestros”), ahora no tengo cabeza para comprar pantalones. Ya de paso, dile al culero del contador que me pele, desde que me dejaste me ha ignorado, no se vale (bueno, eso no lo escribí, pero lo pensé). Ahí me dices cómo le haces. Sale, bye.

Mi último tatuaje fue un genuino acto de improvisación. El último año de mi vida ha sido improvisar. Vivir al día, sin guión, sin expectativas, sin plan trazado. Sólo vivir. Me ha funcionado.

Justo ahora, improvisando esta entrada, pienso en ello y en ellos. En cómo la improvisación me ha salvado más de una vez, cómo la improvisación me ha traído sorpresas memorables (unas buenas, otras malas, pero sorpresas al fin y al cabo). Incluso he dejado de editar mis entradas, tal vez tengan más defectos, pero son más auténticas.

Sí, improvisar es un arte y, por fortuna, es un arte que practico todos los días y me ha ayudado a sobrevivir.

Hay que aprender a reaccionar. La respuesta es fundamental en muchos casos.

Él no es mi novio, pero dicen que es afortunado. Yo creo que la afortunada soy yo. Tan viva, tan improvisada, tan feliz.

¿Será que la felicidad también es producto de la improvisación?

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